"Somos siempre los perdedores, los que nos enfrentamos al poder y por tanto la probabilidad es que fallemos. Pero no tendremos éxito si no nos arriesgamos a fracasar. De otra manera cuando surgen las posibilidades de éxito pasan de largo sin realizarse."
Nos acercamos al décimo aniversario de la protesta global contra la guerra
del 15 de febrero de 2003; seguro que la gente se pregunta qué se consiguió con
la misma. Está claro que no se consiguió parar la guerra. Un fracaso que los
iraquíes han pagado y siguen pagando muy caro. ¿Fue una pérdida de tiempo, un
ejercicio de futilidad? Hay respuestas a estas preguntas, pero para convencer
éstas no pueden ser simplistas.
Retrocedamos hasta el 15 de noviembre de 1969, a Washington D.C. y la
moratoria por la paz en Vietnam. Esta manifestación fue probablemente el mayor
acontecimiento en contra de la guerra de la época, a la que acudió medio millón
de personas según algunas fuentes y el doble según otras. Viajé el día anterior
desde los suburbios de Nueva York en un autobús alquilado por activistas locales
y pasé la noche en el suelo de una sala de reuniones de los cuáqueros. Al día
siguiente vagaba entre la muchedumbre, compuesta principalmente de jóvenes,
escuchaba los discursos y me sentía desanimado y confuso.
Tenía 16 años pero ya era veterano después de tres años de protesta contra la
guerra, periodo en el que había visto florecer el movimiento. En la primavera de
1966 había acompañado a mis padres a mi primera protesta en Washington D.C. que
se consideró un gran éxito porque convocó a 10.000 personas. En el año 69 quizá
había diez veces más y me pareció un fracaso.
Pete Seeger tenía entonces 50 años pero ya era un Matusalén de la lucha y
lideró a la muchedumbre verso tras verso de la canción ‘Dad una oportunidad a la
paz’, recién sacada. Estuve descortés a propósito de esto porque creía que
decíamos o debíamos decir mucho más que ‘dad una oportunidad a la paz’. De modo
que me uní a una marcha de escindidos que coreaba “Ho Ho Ho Chi Minh, NLF is
gonna win” [el Frente de Liberación Nacional va a ganar] y me lanzaron gas
lacrimógeno a las puertas del Departamento de Justicia.
Nada de esto fue muy satisfactorio y durante el largo paseo en coche de
vuelta a casa me sentía deprimido. ¿De qué había servido todo? Durante años
habíamos protestado cada vez más personas y con más convicción y sin embargo se
intensificó la guerra. ¿Qué influencia tuvo nuestra intensa actividad? ¿Qué
influencia tuvo cualquier protesta? Mi normal malestar adolescente se había
entrelazado con una experiencia precoz de frustración política.
Mi escepticismo sobre el efecto de la manifestación parecía justificado
cuando cinco meses más tarde, a finales de abril de 1970, los Estados Unidos
extendieron la guerra hasta Camboya. En el transcurso de las protestas que
siguieron mataron a tiros a seis estudiantes, cuatro de la Universidad de Kent
en Ohio y dos de la Universidad de Jackson en Misisipí. El resultado fue la
mayor huelga estudiantil en la historia de Estados Unidos: más de cuatro
millones de estudiantes en huelga en las universidades e institutos de todo el
país. Y todavía no se puso fin a la guerra.
Transcurrieron todavía dos años y medio antes de firmar el tratado de paz en
París en enero de 1973. Para entonces había muchos millones de muertos,
impedidos, afligidos y traumatizados. No obstante el movimiento contra la guerra
de Vietnam se considera ampliamente el movimiento antibélico ‘de más éxito’ de
la era moderna frente al que los movimientos más recientes han medido su
‘fracaso’.
Vindicación retrospectiva
Muchos años más tarde me enteré de que la manifestación de la moratoria fue
en realidad tremendamente eficaz. En julio de 1969 Nixon y Kissinger habían dado
un ultimátum a los vietnamitas: si no aceptaban los términos de Estados Unidos
del alto el fuego el 1 de noviembre, “tendremos, con gran reticencia, que tomar
medidas de enormes consecuencias”. El gobierno estadounidense amenazaba y de
hecho planeaba activamente una agresión nuclear contra Vietnam del Norte. En sus
memorias Nixon reconoció que el factor clave en la decisión de no realizar la
opción nuclear fue que “después de todas las protestas y la moratoria, cualquier
intensificación militar de la guerra dividiría seriamente a la opinión pública
estadounidense”. Nuestra acción evitó lo que habría constituido la segunda
guerra nuclear mundial, aunque en aquel momento no podíamos saberlo.
Resulta que la marcha de ese día fue cualquier cosa menos un ejercicio de
futilidad. De hecho es difícil pensar que hubiera un día mejor gastado en el
transcurso de una vida. Mi abatimiento adolescente fue totalmente mal encauzado.
Pero este tipo de vindicación retrospectiva es extremadamente raro. La
mayoría de los días en los que protestamos no se recompensará de manera tan
tangible. Lo importante es que no sabemos ni podemos saber qué protesta,
panfleto, reunión, ocupación, actividad ‘marcará la diferencia’. Somos siempre
los perdedores, los que nos enfrentamos al poder y por tanto la probabilidad es
que fallemos. Pero no tendremos éxito si no nos arriesgamos a fracasar. De otra
manera cuando surgen las posibilidades de éxito pasan de largo sin
realizarse.
Más allá del ‘éxito’ y del ‘fracaso’
Me temo que adoptamos con demasiada facilidad el paradigma capitalista de
‘éxito’ y ‘fracaso’. Es decir, la inversión es valiosa sólo si produce ganancias
que se pueden medir. Si no es así, es un fracaso, capital muerto. De modo que
buscamos pruebas de que nuestros esfuerzos han tenido impacto o representen un
hecho diferenciador. Cada éxito se cataloga como bueno mientras el mayor número
de fracasos se queda sin tabular. Al hacer esto parecemos a veces desesperados y
nos agarramos a un clavo ardiendo. Me pregunto si ésta es la mejor manera de
convencer a la gente de invertir sus esfuerzos en una causa. Después de todo
siempre habrá actividades cuyas recompensas son más tangibles y ofrecen más
confianza.
Al evaluar nuestros esfuerzos políticos tenemos que echar por la borda la
demarcación desolada del neoliberalismo entre el éxito y el fracaso, porque
borra todo lo que hay entre uno y otro y -peor todavía- borra cualquier
combinación de los dos. En la política de la justicia social, el éxito no
adulterado y el fracaso absoluto son raros. Cada revolución que tiene éxito o
cada gran reforma han tenido consecuencias involuntarias, han creado nuevos
problemas, han quedado por debajo de sus objetivos. En la política, los fracasos
contienen las semillas de los éxitos del mismo modo que los éxitos ocultan las
raíces del fracaso.
A los capitalistas les gusta invocar la ‘razón riesgo/recompensa’ para
justificar sus beneficios. Tristemente hay gente en la izquierda que emula su
lógica estrecha. Estas personas prometen a los activistas un rédito sobre su
inversión, una garantía de que la historia está de nuestra parte.
Pero para nosotros no puede haber una razón estable entre riesgo y
recompensa. Debemos arriesgarnos desafiando las posibilidades y reconociendo la
probabilidad de que no habrá recompensa. Al mismo tiempo tomamos el riesgo sólo
por la naturaleza de la recompensa que buscamos: un paso de gran valor hacia una
sociedad justa. No somos en absoluto indiferentes ante el desenlace. Pretendemos
y necesitamos tener éxito porque las consecuencias del fracaso son reales y
extendidas.
Invertir en una causa
Así que hacemos la inversión. Ponemos nuestro tiempo, nuestra energía y
nuestras habilidades a disposición de la causa. Es una inversión mayor que la
del capitalista y nos hace vulnerables como nunca lo es el capitalista.
Se nos enseña a despreciar y temer el fracaso, pero para comprometernos con
la política del cambio social tenemos que ser lo suficientemente valientes para
fallar. La ciencia avanza mediante el fracaso: cada experimento que tiene éxito
sólo es posible después de una multitud de fracasos. En la evolución humana, el
fracaso -incapacidades, imperfecciones- condujo a la compensación e
innovación.
Hay cosas peores que el fracaso. Se puede aprender más de un fracaso que de
un éxito si lo reconoces como tal. Pero si la única lección que aprendes del
fracaso es no arriesgarte a fallar nunca más, entonces no has aprendido
nada.
Los riesgos innecesarios deberían evitarse siempre. No tenemos suficientes
recursos que derrochar. Pero la eliminación del riesgo es imposible si te
enfrentas al poder. Lo único que se consigue sin riesgos es reproducir las
relaciones sociales existentes. No hay verdad, ninguna belleza sin riesgo porque
sólo se pueden conseguir a pesar de la resistencia, contra las instituciones y
los hábitos de pensamiento. Para tener un éxito de importancia tienes que ocupar
un lugar en la república de lo incierto, donde el riesgo es tuyo y no tu
participación en el trabajo de otros. La acción realizada en el pleno
conocimiento de la posibilidad del fracaso y sus consecuencias es lo que marca
la diferencia.
Red Pepper
| En la lucha por el cambio social, el éxito y el fracaso son a veces difíciles de determinar. Sólo si aceptamos que podemos fracasar asumiremos los riesgos que podrían conducir a un mundo mejor. Traducido para Rebelión por Christine Lewis Carroll. |
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